Una mega historia que abarca cinco años y involucra 127,271 bitcoins (valor actual aproximadamente 15 mil millones de dólares) está poniendo las criptomonedas en el centro del juego geopolítico global. Los enormes activos en bitcoin del líder del imperio de estafas en Camboya, Chen Zhi, desaparecieron misteriosamente tras ser “saqueados” por hackers en 2020, y luego reaparecieron en 2025 en una cartera bajo control del Departamento de Justicia de EE. UU.
El informe técnico chino señala que estos activos permanecieron en “silencio” durante casi cuatro años, lo cual es sumamente inusual, y que su patrón de operación “se asemeja más a una organización de hackers de nivel estatal”. Este enigma, apodado por la opinión pública como “el lobo que come al lobo”, no solo cuestiona los límites de la “justicia en la cadena”, sino que también revela de manera cruda cómo el poder estatal puede profundizar en el territorio de la criptografía, escribiendo un capítulo impactante sobre la lucha por el control de los activos en la era digital.
El 7 de enero de 2026, las cámaras de la Televisión Central de China captaron un momento: Chen Zhi, con la cabeza cubierta y las manos esposadas, bajando por la escalerilla del avión bajo una estricta escolta. Este multimillonario de 38 años, anteriormente conocido como “Duque de Oknha” en Camboya y asesor económico del primer ministro, cuyo grupo “Prince Group” parece próspero en apariencia, en realidad está acusado de operar una de las mayores redes de estafas “Pig Butchering” en Asia, con un monto de casos que alcanza los cientos de millones de dólares. Su captura fue una victoria de la cooperación policial internacional, pero lo que emergió después fue una historia aún más enigmática sobre el destino de su enorme fortuna en bitcoin.
Retrocedamos a diciembre de 2020. En ese momento, un pool de minería controlado por Chen Zhi sufrió un ataque cibernético devastador, y 127,271 bitcoins, valorados en ese entonces en aproximadamente 4 mil millones de dólares, desaparecieron sin dejar rastro. Según medios chinos, Chen Zhi, en estado de pánico, publicó más de 1,500 anuncios de recompensa en línea, ofreciendo sumas exorbitantes para recuperar los activos, pero todos quedaron sin respuesta. Este dinero, como si nunca hubiera existido, quedó en completo “silencio” en la blockchain. Hasta casi cinco años después, en octubre de 2025, el Departamento de Justicia de EE. UU. anunció con bombo y platillo que, en una operación de cumplimiento de la ley contra una red de estafas transnacional, había confiscado con éxito los 127,271 bitcoins de Chen Zhi. La coincidencia asombrosa de las cifras conectó instantáneamente ambos eventos y planteó la pregunta más fundamental: ¿cómo obtuvo EE. UU. estos bitcoins?
El expediente acusatorio del gobierno estadounidense describe en detalle el imperio criminal de Chen Zhi — desde campos de trabajo forzado en Camboya hasta redes globales de lavado de dinero — pero guarda un silencio absoluto sobre cómo lograron controlar estos activos clave. En el mundo de bitcoin, la única llave para transferir activos es la “llave privada”. O la entrega voluntaria por parte de Chen Zhi o sus allegados, o bien, la llave privada fue crackeada o robada mediante técnicas tecnológicas. Chen Zhi ha contratado a la firma de abogados estadounidense Boies Schiller Flexner para impugnar la confiscación, y el silencio del Departamento de Justicia hace que este enigma legal y técnico sea aún más profundo.
Tamaño del activo: 127,271 bitcoins, valor aproximado de 150 mil millones de dólares a precios actuales.
Fase clave uno: robo inexplicado (diciembre de 2020)
Fase clave dos: silencio prolongado (diciembre de 2020 - mediados de 2024)
Fase clave tres: aparición repentina y confiscación oficial (mediados de 2024 - octubre de 2025)
Frente a la acción de confiscación de EE. UU., China no se limitó a cuestionar diplomáticamente. En noviembre de 2025, el Centro de Respuesta a Virus Informáticos de China publicó un informe técnico exhaustivo que apunta directamente a posibles actores estatales detrás del incidente. La base principal del informe se apoya en la inalterabilidad de los datos en blockchain: esos más de 120,000 bitcoins, robados en 2020, permanecieron en “silencio en la cadena” durante casi cuatro años.
El informe señala con agudeza que esto es completamente opuesto a la lógica de comportamiento de los delincuentes comunes. Los hackers de ransomware y los atacantes de exchanges suelen acelerar sus operaciones tras obtener los fondos, usando mezcladores, puentes cross-chain o transacciones OTC para lavar dinero y liquidar, evitando rastros y asegurando beneficios. Que una cantidad de activos por valor de cientos de miles de millones de RMB permanezca en “sueño” en un libro de registros transparente durante más de mil días requiere soportar riesgos de volatilidad de mercado (el precio de bitcoin sufrió múltiples caídas y subidas en ese período), algo que un grupo criminal que busca beneficios a corto plazo no haría. La conclusión de CVERC es: “Su patrón de operación se asemeja más a una organización de hackers de nivel estatal con paciencia estratégica a largo plazo, sin necesidad de liquidar rápidamente, y con capacidad para realizar acciones complejas y ocultas.”
Esta acusación eleva la naturaleza del caso desde una investigación criminal a un nivel de operación cibernética entre estados. Plantea una inquietud que hace temblar a toda la comunidad cripto: cuando las agencias de inteligencia soberanas, y no solo hackers codiciosos, toman activos criptográficos como objetivos directos de ataque y adquisición, ¿cuánto queda de la “seguridad descentralizada”? Si EE. UU. logra, mediante hackeo previo, obtener la llave privada y luego confiscarla “legalmente” bajo la ley, abre un peligroso precedente: el poder estatal puede eludir los mecanismos tradicionales de cooperación judicial internacional y la cooperación transfronteriza, definiendo y apropiándose unilateralmente de activos en la cadena. El comentario del Diario de Beijing lo describe como “el lobo que come al lobo”, una expresión mordaz que captura con precisión la percepción que predomina en la opinión pública internacional.
El caso Chen Zhi funciona como un prisma que refleja el papel complejo de las criptomonedas en las relaciones internacionales actuales. Ya no son solo la “moneda utópica” en la mente de los libertarios, ni el “oro digital” para los especuladores, sino que se han convertido en un nuevo campo de batalla entre grandes potencias. EE. UU., con esta operación, al menos cumple con tres objetivos estratégicos: primero, mostrar su influencia global en la aplicación de la ley mediante una acción rápida, incluso si el objetivo está en Camboya, donde no hay cooperación judicial estrecha con EE. UU.; segundo, controlar activos por valor de 15 mil millones de dólares, cuya gestión final (confiscación o uso para compensaciones) será una ficha política y económica de gran peso; y tercero, demostrar su dominio técnico y operativo en el rastreo y control de activos en criptomonedas.
No obstante, el silencio de EE. UU. y las acusaciones chinas también exponen la crisis de reglas que trae este “unilateralismo digital”. La recuperación transnacional de activos, que antes dependía de procesos judiciales complejos pero relativamente transparentes, ahora se ve desplazada por la obtención directa de llaves privadas mediante operaciones cibernéticas, y su confiscación bajo leyes nacionales, transformando los logros en el ciberespacio en resultados judiciales internos. Si otros grandes países imitan esta práctica, el mercado global de criptomonedas entrará en una sombra de “ley de la jungla”, donde cada gran billetera puede convertirse en objetivo potencial de hackers estatales, socavando la narrativa central de que las criptomonedas son “activos neutros y resistentes a la censura”.
Para la industria cripto, esta lección es dura y profunda. Demuestra que, frente a la potencia tecnológica estatal absoluta, la protección criptográfica de individuos o grupos criminales no es invulnerable. También complica la cuestión de “quién posee los activos en la cadena”: ¿el poseedor de la llave privada? ¿la nación que reclama jurisdicción? ¿o el control de hecho? En el futuro, casos similares probablemente no tendrán una respuesta clara de “justicia”, sino que serán una competencia narrativa basada en poder, tecnología y necesidades geopolíticas. Los bitcoins de Chen Zhi ya son una exhibición de poder de las grandes potencias, en una especie de show mundial en la cadena de bloques.
En medio de esta pugna entre EE. UU. y China y del enigma técnico, lo que más se pasa por alto son las víctimas de las estafas. Según estimaciones del Departamento del Tesoro de EE. UU., solo en el último año, las bandas de estafadores del sudeste asiático robaron más de 10 mil millones de dólares a ciudadanos estadounidenses. El “Grupo Prince” es acusado de operar al menos 10 centros de trabajo forzado en Camboya, donde muchas personas engañadas y secuestradas son forzadas a participar en fraudes “Pig Butchering”, sufriendo daños físicos y psicológicos severos.
En teoría, estos 15 mil millones de dólares confiscados representan la mayor esperanza de compensar a las víctimas en todo el mundo. Sin embargo, Washington aún no ha divulgado ningún plan concreto de devolución o compensación. Estos fondos permanecen en estado de “confiscados” legalmente, y su destino final — si se ingresan en las arcas del Estado estadounidense o si se distribuyen mediante mecanismos internacionales — sigue siendo una incógnita. La crítica china se centra en esto, acusando a EE. UU. de autodenominarse “policía global” y de no atender las demandas reales de las víctimas, lo que socava la legitimidad de sus acciones.
El desenlace del caso probablemente no tendrá ganadores claros. Chen Zhi enfrentará juicio en China, pero sus bitcoins permanecen en las carteras estadounidenses. Las víctimas siguen esperando una promesa de reparación que quizás nunca llegue. Y la comunidad internacional ve un futuro inquietante: la naturaleza anónima y el enorme valor de las criptomonedas las convierten en caldo de cultivo para el crimen, y también en un campo en el que los Estados más poderosos participan directamente, usando métodos más complejos que el hacking y más directos que la ley, en esta partida de “el lobo que come al lobo”. La blockchain registra todo, pero no puede hacer justicia automáticamente. Este caso de 15 mil millones de dólares deja una profunda reflexión sobre la brecha entre poder, tecnología y ética.
El rastreo de activos en la cadena se refiere a la utilización de las características públicas, transparentes e inalterables de la blockchain, mediante el análisis de las transacciones entre direcciones de wallets, sus tiempos, montos y relaciones con otras direcciones conocidas, para monitorear y trazar el movimiento de los activos digitales. Todas las transacciones de bitcoin quedan registradas de forma permanente en un libro público, lo que significa que, una vez que una dirección se vincula a una persona o entidad (como exchanges, grupos de estafadores o wallets gubernamentales), su historial y flujo futuro pueden ser rastreados en teoría.
Métodos y limitaciones: El rastreo se basa en análisis de agrupamiento de direcciones (relacionar varias direcciones controladas por la misma entidad), patrones de transacción y cruce con datos off-chain (como información KYC de exchanges, inteligencia y reportes públicos). Empresas como Chainalysis, Elliptic y Arkham Intelligence son expertas en esto. Sin embargo, los desafíos incluyen el uso de mezcladores, puentes cross-chain y monedas de privacidad, que buscan romper la trazabilidad. En el caso Chen Zhi, la prolongada “quietud” de los activos en la cadena es en sí misma una estrategia de “contra rastreo”, y si EE. UU. logró controlar los activos, indica que probablemente posee información o capacidades de crackeo que superan los análisis convencionales.
En este caso, la transparencia de la blockchain permitió a las instituciones chinas detectar la anomalía de la “quietud” de los activos durante casi cuatro años, y usarla como evidencia clave para acusar a una “organización de hackers de nivel estatal”. Además, la etiqueta de la dirección final como “gubernamental de EE. UU.” en plataformas como Arkham dirigió la atención pública hacia actores estatales. Este caso se convierte en un ejemplo extremo de cómo las tecnologías de rastreo en la cadena pueden ser usadas para investigar, acusar y quizás planear operaciones de nivel estatal.
Desde su nacimiento, la naturaleza transfronteriza de las criptomonedas y los conflictos con la jurisdicción han sido un desafío. Revisando casos clave de los últimos diez años, se observa cómo las potencias han ido profundizando en este campo descentralizado, y el caso Chen Zhi es un hito en esa evolución.
Etapa inicial: combate a exchanges y “Silk Road” (2013-2017). La acción principal fue contra infraestructuras que facilitaban actividades ilícitas. En 2013, EE. UU. confiscó el plataforma de cambio Liberty Reserve; en ese mismo año, cerraron el mercado oscuro “Silk Road”, arrestaron a su fundador y confiscaron aproximadamente 174,000 bitcoins. Estas acciones demostraron que los gobiernos pueden atacar plataformas ilegales basadas en criptomonedas, aunque dependían de métodos tradicionales de investigación para arrestar operadores y exigirles la entrega de activos.
Etapa de desarrollo: recuperación de activos de hackers y cooperación judicial (2017-2022). Con montos en aumento, las técnicas de aplicación de la ley se profesionalizaron. En 2016, algunos bitcoins robados a Bitfinex fueron recuperados por EE. UU. años después, mostrando el poder del rastreo en cadena. En 2022, EE. UU. arrestó a los fundadores del mezclador Helix, usando análisis blockchain como evidencia. En esta fase, la cooperación internacional (como las reglas de viaje del FATF) empezó a construir un marco global.
Etapa actual: acciones directas de los estados y “servicios de confiscación de activos” (2022-presente). Un evento emblemático fue la sanción en 2022 del protocolo de privacidad Tornado Cash por EE. UU., abriendo la vía a sancionar código abierto. Las acciones de aplicación de la ley se vuelven más agresivas y proactivas. Si el caso Chen Zhi, como acusa China, es cierto, indica que los actores estatales podrían estar pasando de “recuperaciones posteriores” a “toma activa”, transformando la capacidad de acción cibernética en control directo de activos en la cadena. Esto borra las fronteras entre guerra cibernética, inteligencia y criminalidad, y convierte a los activos en criptomonedas en un “botín de alto valor” en la lucha de poder entre grandes potencias. En el futuro, la competencia por estos activos será más oculta, más técnica y más intensa.
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