Corrientes subterráneas en Davos: la guerra silenciosa entre Trump y Coinbase, que decidirá los próximos diez años del mundo cripto

La próxima semana, Davos recibirá a un visitante muy esperado. Es la primera vez en seis años que Trump regresa al Foro Económico Mundial, y la reentrada oficial del pabellón de Estados Unidos, junto con la delegación estadounidense de mayor tamaño en la historia, sugieren un cambio de rumbo. Los temas del foro han pasado de discusiones conceptuales a debates más duros sobre infraestructura y construcción institucional.

El cambio en la posición de la inteligencia artificial es una señal clara. En la agenda, se la define explícitamente como “infraestructura compartida”, con temas centrados en el poder y la gobernanza a gran escala. Los responsables políticos están tan interesados en el acceso a la capacidad computacional como en la antigua competencia por el petróleo. Los ejecutivos empresariales, por su parte, piensan en cómo fortalecer las bases de sus organizaciones para los próximos diez años — la durabilidad de los sistemas, que ahora es más importante que la velocidad de desarrollo.

Este “pensamiento sistémico” se está extendiendo a las finanzas digitales. La liquidación diaria de stablecoins ya alcanza decenas de miles de millones de dólares, y la tokenización está infiltrándose en los mercados de capital. Las criptomonedas, que antes eran un campo de experimentación, ahora entran en el ámbito de la infraestructura financiera. El año pasado, el centro Web3 de Davos firmó una declaración en apoyo a la innovación y la responsabilidad, y este año ese concepto será aún más reforzado.

La presencia de Trump aporta un elemento político a esta transformación. Su narrativa económica siempre ha girado en torno a la soberanía, la influencia y la competitividad, y las criptomonedas se sitúan precisamente en la intersección de estos tres aspectos. Pueden aportar eficiencia y crecimiento, pero también generan preocupaciones sobre la regulación y la posición del dólar. Aunque Davos no legisla, es un escenario clave para definir prioridades políticas. La reentrada del pabellón de EE. UU. indica que este lugar ya se considera una frontera en la configuración de las narrativas tecnológicas y de capital.

Casi simultáneamente, llega otra noticia desde Washington. Se informa que el CEO de $Coinbase , Brian Armstrong, rechazó apoyar un proyecto de ley sobre criptomonedas que ha recibido mucha atención. Este movimiento refleja un cambio fundamental en la mentalidad del sector. En la última década, los líderes del sector solían decir que “cualquier regulación clara es mejor que ninguna”; ahora, ante el aumento de riesgos, esa postura ha cambiado.

La oposición de Armstrong se basa en tres preocupaciones principales. Primero, que el proyecto de ley podría definir artificialmente ganadores y perdedores, favoreciendo a las grandes empresas existentes y a los intermediarios centralizados, excluyendo a startups innovadoras y redes abiertas. Segundo, que el proyecto aumenta la carga de cumplimiento sin mejorar la claridad de las reglas, e incluso puede agravar la incertidumbre legal. Tercero y más importante, que las cláusulas del proyecto podrían debilitar la ventaja central del “descentralizado”, empujando el ecosistema hacia una alta centralización, lo que dañaría su resiliencia y su interoperabilidad global, y finalmente provocaría una fuga de innovación o una concentración excesiva del mercado.

Su postura no es en contra de la regulación en sí, sino que enfatiza que la regulación debe ser científica y rigurosa. Cuando las criptomonedas se convierten en infraestructura básica, reglas mal diseñadas pueden hacer que los sistemas sean frágiles y que la innovación se estanque.

La visita de Trump a Davos y la postura de Armstrong en Washington parecen dos hechos aislados, pero en realidad apuntan a la misma guerra. Trump intenta definir en Davos la estrategia de Estados Unidos en la economía global impulsada por la tecnología; Armstrong, en la línea de frente legislativa, resiste reglas que podrían fijar prematuramente la forma del dinero digital de manera irracional.

El núcleo de esta guerra ya no es solo especulación o experimentación tecnológica. Se trata de quién podrá controlar los sistemas subyacentes que hacen funcionar la economía futura. Con Trump en Davos, esta lucha por las reglas fundamentales de la economía moderna ha entrado de lleno en el escenario político. La interacción entre poder, política y tecnología está experimentando cambios profundos e irreversibles.


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